De los últimos rincones silvestres

La Sierra Gorda abarca un territorio que ha sufrido la presión de nuestra especie desde hace siglos. Digo presión porque la sabiduría tradicional en el manejo de los recursos no me queda clara, ya que es obvio ha sido de alto impacto ambiental y la mayor parte de la población serrana sigue en la pobreza. O sea, que ni siquiera valió la pena haber puesto un cerillo al bosque y dilapidar su capital biológico. Y ello ya significó varias extinciones locales; adiós a los monos araña que existían al este de la sierra, incluidas las poblaciones de San Luís Potosí y Tamaulipas, los lobos mexicanos de los que todavía personas mayores recuerdan historias a principios del siglo XX o los guajolotes silvestres, casi exterminados en su totalidad.
Afortunadamente,  quedan espacios donde la mano del hombre cayó con menos fuerza por lo remoto de su locación y agreste del terreno. Como si la roca madre que sobresale en esas áreas hubiera intentado cerrar espacio formando crestones, abras, hendiduras y sótanos para volver inaccesibles algunas áreas. Es por ello que las principales elevaciones al este de la Sierra Gorda encierran un paisaje que, si bien no es virgen, sí guarda la esencia de lo que debió haber sido la Sierra Madre Oriental en su plenitud.
Bosques extensos que todavía dan cobijo al jaguar y su base de presas, donde aún el manto verde se extiende hasta donde alcanza la vista y, aunque los humanos hemos dejado huella, ha sido mucho menor que en otros sitios.
Desde hace años hemos tenido la oportunidad de ir explorando esos rincones donde los humanos aún somos una rareza y protegerlos. Hoy tuve la fortuna de visitar una de las reservas que manejamos, donde el acceso en jeep es forzoso. Debí trozar tres troncos con la motosierra para poder pasar y luego se emprende caminata en un bosque que rebosa vida; de las plantas epífitas en los viejos encinos y cedros, donde orquídeas y bromelias forman una especial comunidad, las codornices silbadoras forman pareja y los corpulentos ajoles se cortejaban en el dosel, al rastro fresco de un jaguar. Obviamente,  la reserva que custodiamos ahí es sólo un pequeño trozo del territorio de un gran felino, pero ofrece hábitat donde lo silvestre ha recobrado en mucho su esencia y, si un jaguar la prefiere, ello nos habla de la salud del ecosistema.
Eso sí, aunque sé no corría ningún riesgo, no deja de intimidar la presencia de un depredador tan poderoso en un sitio tan silvestre, donde no había más humanos en muchos kilómetros a la redonda.
Si bien para mí es invaluable encontrar rastros frescos, para otras personas puede ser un tanto subjetivo. Entonces pensemos que si, ese bosque puede soportar al tercer felino más corpulento a nivel mundial, es porque a su vez puede ofrecer servicios ambientales vitales para nuestra especie. Es decir, de la conservación de la biodiversidad sin duda ganamos todos.

Roble de la niebla

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De un bura sonorense

Habitantes de los desiertos del norte, los venados bura son criaturas magníficas, por su talla y cornamenta, siendo los del estado de Sonora particularmente corpulentos a pesar del extremo y recio ambiente donde viven. Fue en diciembre del año pasado cuando por invitación de un amigo, don Iván Aguirre del Rancho La Inmaculada y practicante del manejo holístico desde hace varios años, tuve el privilegio de visitar por primera vez el desierto Sonorense. Un ecosistema fascinante de amplios espacio abiertos, poco transformado por los humanos y donde a pesar de lo duro de las condiciones ambientales la vida florece de múltiples maneras y varias especies de mamíferos campean a sus anchas: pumas, linces, pecaríes, ratas canguro, coyotes, venados cola-blanca, una cantidad impresionante de liebres y el que es sin duda el habitante más majestuoso del desierto, el venado bura o “burros” como son localmente conocidos.
Luego de varios días, guiado por los vaqueros del rancho seguía sin tener siquiera la oportunidad de encontrarme con uno. Los machos tienen en particular fama de ser esquivos, “sentidos” y difíciles de acercar, por lo que nadie apostaba en mi favor. Y menos en la última tarde en el rancho, cuando me dejaron en un bebedero en medio de la nada, con la promesa de ser recogido por la noche y un fuerte frente frío aullando. Escogí a un pequeño mezquite como padrino, donde me instalé con camuflaje completo al igual que el equipo a unos 8 metros del bebedero. Para apenas media hora después sentir la presencia de alguien moviéndose entre los arbustos y aparecer la majestad de un magnífico macho de 12 puntas. Que me detectó de inmediato, nos vimos a los ojos por un rato y me aceptó, un momento que hizo se me “enchinara el cuero”, donde una criatura 100% silvestre decidió no representaba yo una amenaza. Ni cuando le tiré varias ráfagas, tomando agua, observándome de nuevo y alejándose lentamente, ramoneando sus plantas favoritas.
Ya cerrada la noche llegaron a recogerme, seguros sólo había perdido el tiempo e incrédulos de mi suerte y el venado no se hubiera espantado conmigo ni las ráfagas de la cámara. Fue un gusto verles las caras y sus reacciones, acostumbrados siempre a tirarles con un rifle en vez de fotografías y que quiero pensar el venado supo estábamos del mismo lado y no iba a lastimarlo.

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Del santuario de pericos

Pionus senilis-En casa-LogoVivir en medio de estas gordas montañas y conocer a detalle sus ecosistemas y especies, significa una enorme ventaja para un fotógrafo de naturaleza y vida silvestre. Trabajo con y para mi biodiverso vecindario, tengo viejos conocidos y puedo estar cazando ciclos de floración, nidificación, migraciones o montar bebederos en mi abrupto traspatio y esperar los modelos lleguen con una baja huella de carbono, es decir sin viajar cientos o miles de kilómetros para hacer una foto. O recibir pitazos por parte de mis colegas guarda-parques, que sí están en campo a diario y ello multiplica los ojos buscando modelos. El último de ellos me permitió hacer en 5 minutos una foto que llevaba años buscando; un perico de frente blanca (Pionus senilis) en su hogar. Claro que la noche anterior no pude dormir, pues tuve una fea pesadilla donde el malvado perico en cuanto me sentía cerca del nido volaba de inmediato, se juntaba con otros para volar en círculos encima de mí gritando obscenidades, burlarse y desaparecer. Se me fue el sueño y ya no me pude dormir entre enojado y frustrado con el pajarraco.
Afortunadamente en realidad fue una foto increíblemente fácil, gracias a Abel Reséndiz, estimado colega y excelente rastreador, pues encontró un viejo encino colorado (Quercus crassifolia) que escogió una pareja de esas aves para anidar en una de las reservas naturales que custodiamos gracias al apoyo del World Land Trust, donde las motosierras han sido erradicadas y la presencia humana minimizada. Todo fue llegar, montar tripié, sintiera un poco nuestra presencia y se asomara a la puerta de su hogar, un pequeño agujero en el grueso tronco. Nos observó no más de 3 minutos y voló a reunirse con otros compañeros, mas bastó para fotografiarlo. Fotografiar aves anidando siempre conlleva un riesgo para las mismas, pues pueden abandonar el nido por la presencia humana, los encuentren otras personas o depredadores, por lo que hay que extremar precauciones y no pienso volver al mismo para que guarde su secrecía. Pero al mismo tiempo es una imagen que acerca a una especie amenazada a un amplio público, ilustra el valor de los árboles antiguos con sus cavidades para la vida e ilustra el valor para la biodiversidad de las reservas naturales para especies carismáticas, que siempre venden mejor que la imagen de un tlacuache.
Y obviamente con los destrozos en aras de lo que se empeñan en llamar “saneamiento forestal” los ingenieros forestales (entiendo en el cerebro tienen cc de viruta) están destrozando los bosques templados de la Sierra Gorda, donde sólo ven metros cúbicos de madera y para ellos no hay biodiversidad asociada. El año pasado fui testigo como gracias a sus labores, pollos de la misma especie fueran abandonados por sus padres, gracias a que estaban derribando pinos para “sanear” el bosque, que obviamente sólo quedó destrozado y con la biodiversidad a la fuga. Ello convierte a nuestras reservas en obvios refugios para la Vida, cada vez más cercada y en apuros.

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De los monstruos de agua

AjoloteEn las alturas de la Sierra Gorda, en apenas tres localidades donde los arroyos tienen agua todo el año y forman frescas pozas, se encuentran criaturas particularmente fascinantes, que desde tiempos prehispánicos fueron llamados por su fealdad como “axolotl” (monstruo acuático) en náhuatl. Son carnívoros, pueden ser caníbales cuando se encuentran en espacios confinados y a pesar de su poco afortunado aspecto hay quien les atribuye poderes medicinales (Jarabe de Ajolote para la tos) o incluso se los come en tacos o tamales (Xochimilco y Pátzcuaro, especies endémicas en ambos casos), pobrecillos. Pero son feos que incluso merecieron un cuento por Julio Cortázar, Axolotl, o piezas musicales dedicadas a los mismos o personas que los mantienen como mascotas, sin obviamente ser las más entretenidas ni brillen por su compañía, pues se limitan a flotar sin expresión, oficio ni beneficio en su pecera.
Existen varias especies en nuestro país, estando enlistadas en la NOM ECOL 059 2010 con estatus de protección 16 especies, todas endémicas y amenazadas y de la cual la presente en estas sierras no es la excepción, Ambystoma velasci, amenazada por la contaminación del agua, menor aforo de manantiales con el cambio climático y claro, nuestra especie entubando la poco agua restante en manantiales. Aunque como ya dije son feos de concurso soy fan de los mismos pues tienen lo suyo y he buscado fotografiar ejemplares de las tres poblaciones en la Sierra Gorda y estoy por verificar el reporte de una cuarta. Su presencia indica calidad del agua y merecen por su lugar en la mitología náhuatl y ecosistemas permanecer a perpetuidad. En realidad son mexicanos hasta la médula, criaturas fruto de nuestro territorio, sus procesos evolutivos y ecosistemas, obviamente más que el águila real de nuestra bandera y que tiene distribución intercontinental. Claro que no me imagino a un ajolote en la misma.

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De los vecinos de un bosque

Cyanocorax yncasAunque los planes en mi cabeza incluían fotografiar ajoles (Penelope purpurascens), chivizcoyos (Dendrortyx barbatus) endémicos y un venado temazate (Mazama americana) en una sola sesión, para variar no fue así a pesar del cuidadoso proceso de planeación para conseguir imágenes de ellos, ya caerán. Son especies sumamente escurridizas, escasas, que no cooperan y por ello intenté tener las mejores condiciones a favor. Ello incluyó poner dos bebederos en sitios estratégicos desde hace dos meses y que un colega esté a cargo de los mismos y no falte agua, que ahora con la dura sequía son una ayuda real para la fauna. Luego hace dos semanas instalar un “blind” o escondite para que la fauna se habituara a su presencia y finalmente ocuparlo. Para minimizar mi paso al mismo fue desmadrugada a las 3:30 AM, ya en carretera a las 4:00 am y a las 5:50 AM, aún oscuro ya escondido en su interior. Otras sesiones han sido de lo más tediosas, pues el espacio adentro es reducido, con el sol se calienta y pasa uno todo el día en un banco que se vuelve incómodo, en algunos casos las garrapatas trepan por todos lados o los mosquitos aprovechan y no llega nada. Esta sesión fue sin duda la más activa y satisfactoria de muchas y aunque para variar no llegaron las especies que tenía en mente, el bebedero resultó un éxito y las 7 horas en el mismo fui testigo de un desfile de personajes que pasaron a bañarse y tomar agua. Desde palomas sueleras (Leptotila verreauxi) muy primaverales, donde un gordo y calenturiento macho se la pasó correteando a su mujer por eso de las hormonas y finalmente la pescó, a especies migratorias cargando reservas para su largo viaje de regreso a Estados Unidos y Canadá (Wilsonia pusilla, Icteria virens, Dumetella carolinensis, Seiurus aurocapillus), especies residentes (Melanotis caerulescens, Cyanocorax yncas, Atlapetes brunneinucha, Basileuterus lachrymosa) a una simpática rata café. Esta última se comió muy contenta las moronas de pan que puse como cebo, luego tomó un baño y siguió sus asuntos en el bosque. No soy fan de las ratas, pero era una rata de bosque y no de caño y verla en su medio hizo ganaran puntos. Ahora me caen mejor y bien pudo haber sido una especie rara y endémica.
A pesar de que he pasado mucho tiempo en el monte y tenido varios encuentros especiales con fauna, fue sin duda una revelación y muy entretenido el ser testigo de la vida en el mismo cuando es uno “invisible” y sus habitantes no se dan cuenta. O finalmente lo hacen y uno termina por ser el observado, como una chara verde que casi se mete al blind para investigar que producía los clicks de la cámara.

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De las lunas del bosque

Luna del bosque_logoEspecialistas en su alimentación, que depende de los liquidámbares (Liquidambar styraciflua), las polillas Luna tienen una distribución restringida a los bosques de niebla donde crece este árbol en México, aunque más abundantes en los bosques deciduos del este de los Estados Unidos. Obviamente están ligadas a esos magníficos árboles, que ahora en primavera están cubiertos de hojas nuevas y apetecibles a las mismas. Aunque desde mi niñez había tenido encuentros anteriores con esas polillas, al encontrar fragmentos de alas sobre la hojarasca de los bosques de liquidámbar, me tomó 30 años encontrar un ejemplar completo y poder fotografiarlo. A mi juicio es uno de los insectos más bellos y espectaculares, con sus largas colas y “ojos” en sus alas, de hábitos nocturnos y espectacular vuelo. El macho de la imagen, (se puede sexar gracias a sus antenas) fue de lo más cooperativo y luego de la sesión donde pacientemente modeló aceptó subirse a una ramita y ser transportado a otro liquidámbar apartado del sendero donde estaba demasiado expuesto y en riesgo.
Haber fotografiado una especie tan rara me dejó tan satisfecho como si hubiera sido un jaguar.

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De los jardines de piedra

Jardin de piedraRPRBajo el accidentado paisaje de la Sierra Gorda, sus montes, cañadas y valles esconden un intrincado reino subterráneo, donde las calizas, roca madre de estas montañas, con el paso del tiempo han cedido espacios al agua y sus procesos de erosión y formación o se han colapsado para formar grandes cámaras y salones donde la piedra ha florecido en increíbles formaciones e incluso permiten sus claraboyas que grandes árboles alcancen la luz. Si bien buena parte de las cavidades serranas son de naturaleza vertical, donde grandes tiros son la única vía de acceso y por lo tanto sólo espeleólogos expertos pueden accesar a sus maravillas, hay algunas excepciones al este de la reserva, donde escondidas entre riscos y pinos grandes cámaras se pueden accesar. Curiosamente las tres que he visitado cuentan con claraboyas en su parte superior, por lo que para fotografiarlas hay que estar en las mismas a mediodía, cuando más luz entra y no hay necesidad de utilizar flashes o luz artificial en las mismas. Una de ellas lo suficientemente grande para que un encino la adorne y su copa cubra la claraboya, filtrando con sus hojas la luz de manera “verdosa” y dando una muy especial atmósfera a la misma. Las otras dos comparten características, donde una de ellas es básicamente virgen y pocos humanos la hemos visitado, mientras la tercera es popular entre los lugareños y ya está siendo degradada, a pesar de los espectaculares jardines de piedra con los que cuenta. Grandes estalagmitas (las formaciones que crecen de abajo hacia arriba) se levantan varios metros a manera de gigantescas coliflores, demostrando el agua y sales minerales con tiempo son los más finos y creativos escultores. Al tiempo que de la bóveda, a unos 30 metros de altura estalacticas de varios metros vienen a su encuentro, algunas se han encontrado ya y formado impresionantes columnas. Uno se podría pasar días ahí dentro y no terminar de documentar las diferentes formaciones, la luz jugando con intensidad y ángulos, aparte de los pericos verdes que felizmente descansan y anidan en su interior.
Dada la magnitud de esa cámara y sus formaciones, utilicé un gran angular en 16 mm, que pudiera abarcar su magnificencia y volumen en un cuerpo de formato completo.
Pero para variar ¿Porqué hay tanto ejemplar de nuestra especie que gusta de ensuciar y destruir lo que ha tomado millones de años? ¿O dejar pintas, rayones y testimonio de su falta de sensibilidad en un sitio tan especial? Si nuestra especie fuera juzgada por su capacidad de destruir y ensuciar lo que no le pertenece, sin duda obtendría altas calificaciones.

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