De las hormonas verdes

Montando guarida en la entrada de su nido, este perico dio la alarma ante la llegada del coatimundi, protegiendo a su familia y comunidad.

Hay sitios en la Sierra Gorda que para mí son favoritos por arriba del promedio, ya sea por su belleza escénica, ser muy silvestres (no importa el ecosistema, pero que conserven esa sensación de no haber sido tocados, de vacío y tengan aún sus especies de flora y fauna originales) o sencillamente porque son únicos por varias razones. Como contar con una colonia de sociables y ruidosos pericos verdes (Aratinga holochlora) que han convertido un hermoso sótano en su casa por innumerables generaciones y donde cada año inicia el ritual de la reproducción, todo ello en las entrañas de la Sierra Madre Oriental. Ahora con la primavera en curso y las hormonas corriendo, tuve ayer el privilegio de visitar una vez más esa cavidad y sus habitantes, que afortunadamente tenemos protegidos pues su hogar es una reserva natural privada, de donde definitivamente han salido las motosierras y los humanos y sus destructivas ocurrencias.
Esta especie, al igual que otros psitácidos, forma parejas de por vida y al menos tres de ellas tienen nidos activos ahora aprovechando las fisuras en la roca, de donde salían las voces de los pollos pidiendo alimento a sus padres. Pronto llegó una pareja volando a toda velocidad a su nido, donde se introdujo uno de los dos (en estas aves no hay dimorfismo sexual, entonces no se puede diferenciar la hembra del macho) y el otro quedó montando guardia a la entrada. Sin duda necesaria, pues pronto apareció un robusto coatimundi que andaba buscando como desayuno a un sabroso perico, mas se dio la alarma y salieron en desbandada. Luego del susto regresaron con su parloteo habitual y por primera vez tuve la oportunidad de fotografiar y tomar video de una pareja apareándose para luego seguir con una larga sesión de besuqueos, afianzando lazos y asegurándose llegará una nueva generación de pericos verdes. A los que hay que asegurarles los bosques y selvas que necesitan y les proveen refugio y alimento, así como la conservación de su hermosa cueva que esperamos siga siendo fábrica de pericos.

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De las yucas queretanas

Los matorrales xerófilos de la RBSG, son sin duda un ecosistema fascinante, que han encontrado el sitio ideal para establecerse con sus diferentes comunidades de plantas bien adaptadas a las condiciones de sequedad que la Sierra Gorda (es decir, la Sierra Madre Oriental) con sus altos picos provoca. Aunque muchas personas despectivamente los llaman los “cerros pelones” en realidad son parte de uno de los desiertos más antiguos y estables de México, con cerca de 50 millones de años de antigüedad donde las particulares condiciones físicas del área, historia evolutiva y selección natural han dado lugar aparezcan una serie de ilustres queretanos, que en todo el mundo sólo se encuentran en pequeñas áreas de Querétaro o marginalmente en las zonas áridas de los estados vecinos. Entre varias de esas plantas únicas destacan por su porte las yucas queretanas (Yucca queretaroensis) consideradas por muchos botánicos y coleccionistas como las más bellas de todas por su porte, tamaño y finas hojas. Parientas de los magueyes y nativas de Norte y Centroamérica, las condiciones únicas de la Sierra Gorda dieron origen a estas plantas, que se encuentran actualmente amenazadas, con efectivos escasos y localizadas en remotos sitios. Si bien tengo el honor de conocer personalmente varias de las localidades donde crecen, tuve la excelente sorpresa de encontrar algunas de ellas en un sitio magnífico, a más de 2,200 msnm; una de las altas crestas que se desprenden de la parte más alta de la sierra hacia el río Extoraz donde se encuentran los matorrales con los bosques templados, compartiendo el magnífico panorama con otros mexicanos ilustres; ejemplares del pino-piñonero llorón (Pinus pinceana) también endémico a México, muy peculiar en su aspecto y con un aroma y conos característicos. En la imagen se aprecian dos bellos ejemplares de estas yucas, creciendo al lado de los pinos-llorones, por lo que valió la pena al 100% cargar el equipo para fotografiarlas.

¿Se puede pedir más en un solo sitio? Sólo en la Sierra Gorda.

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De la casa de las guacamayas

Para mí las guacamayas verdes sintetizan el espíritu silvestre de estas montañas y su permanencia o ausencia en las mismas refleja su estado de salud. Ruidosas, coloridas y altamente sociales, han desaparecido de la mayor parte de su área de distribución original ante la destrucción de su hábitat, persecución, captura y aumento del área ocupada por nuestra especie. Antaño podían llamar su casa a la mayor parte de la Sierra Gorda, exceptuando tal vez al área semi-desértica al oeste de la sierra, donde se desplazaban libremente encontrando en bosques y selvas su alimento. Recordemos que hace algunos cientos de años el manto verde se extendía ininterrumpido desde las selvas altas y medianas a la vera del Golfo de México, que las mismas llegaban al pie de monte de la Sierra Madre en lo que son ahora los municipios de Xilitla y Aquismón, para luego dar paso a bosques de niebla y templados de las partes más altas, casi a 3,000 msnm. Y que desde esa cresta afilada el manto forestal continuaba a los valles inter-montanos que ahora ocupan pueblos y comunidades en la Sierra Gorda, hasta trepar con bosques de abetos Douglas a las alturas de la Pingüica a 3,160 msnm y voltear con los pinos piñoneros a las partes altas de la cuenca del Extoraz. Pues ese gran bosque era la casa original de las guacamayas, jaguares y muchas otras especies, quedando sólo en las memorias de personas mayores o toponimias un vestigio de las mismas. He escuchado de salvajadas donde llegaron a asar guacamayas sólo para ver cuál era su sabor! O sacrificarlas porque bajaban a las milpas a comer elotes, cuando obviamente esos cultivos sustituyeron a los bosques donde antes encontraban su sustento. Por lo que ahora proteger la colonia remanente de los que debió haber sido una gran y numerosa familia de estas magníficas aves es lo mínimo que podemos hacer por ellas, conservando los bosques restantes, cuidarlas y esperar sus efectivos aumenten un día y la condición silvestre de estas montañas no se pierda.
Tengo la fortuna de conocer sus sitios favoritos y algunas de sus “oficinas” donde permanecen largos ratos ocupadas en sus asuntos. La guacamaya de la imagen disfrutaba de una siesta en un sicomóro, ajena al jolgorio de sus compañeras y alcancé a disparar la foto cuando despertó alarmada al sentirme debajo de ella. Espero sea una imagen que se pueda capturar en los años por venir, donde las guacamayas sigan siendo parte de los ecosistemas serranos.

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De los pequeños herbívoros

Me pregunto cuantas veces, he causado una variedad de víctimas involuntarias por el simple hecho de ir caminando. Con gruesas suelas y una indiferencia común a los humanos, pisamos pasto, hojarasca en un bosque o peor aún manejamos vehículos que atropellan un montón de víctimas a su paso. Y no me refiero cuando por accidente llegamos atropellar de manera involuntaria una ardilla o tlacuache, que en verdad apena, sino a la amplísima comunidad de invertebrados con los cuales compartimos cualquier espacio y que son la gran mayoría con la cuál compartimos este planeta. Poniendo atención a los mismos y buscándolos, sobra casi en cualquier sitio “modelos” que fotografiar. Como un día que fastidiado de cargar toda la mañana la mochila llena de equipo y no haber conseguido una sola foto decente de nada acabe sentado en un potrero, acalorado y fastidiado. Más pronto noté gran actividad alrededor; montones de chapulines de todos tamaños, diseños y colores, dueños y señores de ese pastizal que andaban atareados en sus asuntos. Herbívoros y con alas y largas patas traseras que les permiten dar grandes saltos, son una familia de insectos que ocupa una variedad de nichos y que incluso pueden convertirse en plaga, como cuando son llamados langostas. Una sola hembra puede poner entre 1000 y 10,000 huevos!
Mas en vez de verlos como plaga los vi como modelos que me salvaron el día, aunque no tan cooperativos con su habilidad para brincar de una ramita a otra. Finalmente pude fotografiar al de la imagen, un pequeñísimo chapulín que finalmente se dejó hacer retratos frontales, con un macro de 60 mm, un f/4.5 y 1/100 de segundo, teniendo sólo su cara en foco y fuera de foco el resto. Cuando vi los colores de los pastos del fondo quedé aún más satisfecho, con un modelo tan pequeño metido en su entorno. Todo es cuestión de escala, encontrar los micro-mundos y que no pasen desapercibidos.

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De la luz dorada

La costa de la Sierra Gorda, a 3000 msnm y las nubes rompiendo en la misma.

A medida que se aprende y se echa a perder, esto de la fotografía de naturaleza se va volviendo una actividad más absorbente y donde afortunadamente también se van subiendo los estándares propios y me doy cuenta cuantas buenas oportunidades se me fueron de las manos por ignorancia. Fotos que veía bien hace dos años ya se fueron a la papelera de reciclaje y dejan de amontonarse archivos feos en el disco duro, al menos ahora con el equipo digital ya no se tira dinero en los rollos y revelado. Repasando el manual de la cámara, un montón de libros y aprendiendo de otros fotógrafos con larga experiencia y buenas dosis de experimentación ya tengo mucho más control de las diferentes situaciones, y el equipo desquita mucho más ahora aunque falte mucho que aprender, pues estoy seguro ese proceso nunca se completa ( y mejor, si no que aburrición!!). En ese aprendizaje de particular ayuda han resultado los libros de grandes fotógrafos que comparten sus secretos y bagaje técnico al margen de sus tomas como Art Wolfe o Andy Rouse, siendo ello excelente material didáctico. Las condiciones para la fotografía de naturaleza siempre cambian, dependiendo de la hora, luz, nubes, condiciones del sitio o modelo (los hongos me caen bien en lo particular, ni corren ni vuelan), por lo que conseguir una misma imagen dos veces es virtualmente imposible. Sin embargo en todos los casos la luz es la mejor aliada o vuelve imposible capturar una imagen decente, por ello hay que buscar las mejores condiciones; la primer luz del amanecer o cuando el sol se va para el otro hemisferio de la Tierra y por unos cuantos minutos la misma se vuelve dorada, cobriza o roja, se matizan los contrastes y los colores se saturan. Es entonces cuando los paisajes se vuelven mucho más vivos, la atmósfera tiene algo especial y las posibles imágenes pueden capturarse de la mejor manera. O después de un frente frío, huracán o tormenta y el temporal cede, siendo los jirones de nubes, nieblas pasajeras o de plano cirros gordos y tempestuosos excelentes elementos en una composición. Y el resultado buscado es que sean imágenes que muevan algo dentro de la persona que las observa, la acerque a su medio y lleve a apreciarlo de otra manera, mas en esta hora apurada para la Tierra.
En lo personal ayuda mucho lo obsesivo, que aunque para algunas situaciones es algo molesto, en esto de la foto es un gran aliado. Y ser habitante de estas montañas lo mejor, pues el escenario y modelos están puestos y sólo hay que salir al traspatio a buscarlos.

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De las orquídeas seductoras

Adaptadas a una variedad de condiciones, ecosistemas, a vivir en las ramas de los árboles o descomponiendo materia orgánica en el suelo, las orquídeas forman una familia de plantas con un singular encanto. Caprichosas en sus formas, colores y aromas prefieren los ecosistemas forestales para habitar, aunque algunas especies se extienden hasta el Círculo Polar Ártico y algunos autores calculan existen unas 30,000 especies en todo el mundo, con la particularidad de que fácilmente se hibridizan. En nuestro país habitan más de 1,100 especies en todos los estados de la República; y de ellas una importante diversidad se encuentra afincada en la Sierra Gorda, particularmente en algunos bosques de encino, donde los antiguos árboles se encuentran cubiertos por una variedad y cantidad de especies y ejemplares.
Si bien algunas son vistosas e invaden con aromas su vecindario, otras son altamente discretas y difíciles de encontrar, particularmente pequeñas orquídeas terrestres que sólo despiertan de su letargo anual para florecer unos pocos días por encima del suelo y luego desaparecer hasta el siguiente año. O en medio del brutal calor de mayo en las tierras bajas de la Sierra Gorda es cuando algunas especies escogen para ofrecer sus flores al sol y aprovechar en los sitios más expuestos sus rayos de manera directa. Por ello es que para fotografiarlas es sumamente importante conocer sus ciclos de floración, el tipo de vegetación que prefieren o incluso saber donde se encuentran algunos ejemplares en particular y regresar a los mismos cada año. Y aunque soy fan de cualquier otra especie de flor silvestre las orquídeas tienen algo especial que hacen dé especial gusto encontrarse una de ellas.
La orquídea de la foto es una especie terrestre que crece únicamente en bosques de niebla. En el 2010 la encontré con flores mas con una lluvia torrencial encima, por lo que tuve que dejar pasar la oportunidad. Un año después al fin pude tirar la foto, de la misma planta en el mismo bosque. En esta ocasión elegí tirar con el diafragma bien abierto para tener únicamente una de sus flores en foco y el resto de la planta diluido con su entorno. Los árboles alrededor de la misma tenían una luz especial, que aproveche para dar esa sensación de gotas. Y seguramente el año entrante estaré listo para la nueva cita con tan bella orquídea.
Los datos de la foto son: f/4.2, 1/50s, ISO1000 (sin problemas de ruido) y con un lente de 60 mm.

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De la solidaridad entre especies.

Desde hace varios años, las oficinas del Grupo Ecológico Sierra Gorda I.A.P., han servido entre otras funciones como refugio, clínica y fonda para una variedad de especies de fauna silvestre que por una u otra razón llegan a las mismas. Desde los que han sido cruelmente abusados, como una añosa tortuga a la que taladraron su concha y clavó una de sus manos algún enfermo mental (¿porqué no aprueban nuestros Diputados una versión práctica de la Ley del Talión?) a los que por una u otra razón sufrieron percances, otra clase de abusos por humanos, enfermedades u orfandad y a los que es una obligación brindar ayuda. A lo largo de varios años han desfilado desde lagartijas a venados, pericos, pelicanos con su peculiar tufo a pescado rancio, tortugas, salamandras, venados cola blanca y temazates a una encantadora margay que hubo que criar, enseñar a cazar y regresar al monte. Y apenas la semana pasada una guacamaya militar, miembro de la última colonia de esta especie en el centro de nuestro país. Una vez más la sociedad civil tiene que asumir (con mucho gusto!) la protección de la fauna ante la completa falta de presencia y desinterés de la autoridad.
Lo que me queda claro es que a pesar de que la crueldad e indiferencia es una característica en muchos humanos, lo es también la solidaridad y cobijar a hermanos menores en apuros en muchos otros. Desde una señora muy humilde que rescata un venado bebé de los malditos perros que le daban caza y apartaron de su madre y de su escaso bolsillo compra leche para darle por días hasta que conectó con nosotros, a otra señora que rescató a una guacamaya enferma que (una vez más) perros querían comerse y con ello le dio una segunda oportunidad de reintegrarse con sus compañeras y volar alto en la sierra. Eso es una gran satisfacción. Ya en nuestras manos se convierte uno en enfermero o “nano” y con un poco de suerte son ejemplares que pueden regresar a la vida silvestre. Sin embargo cada ejemplar que se consigue rehabilitar, se convierte en la mayor satisfacción posible. Creo no hay nada mejor que ver volar de nuevo a una ruidosa guacamaya y reintegrarse con su tribu.

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