Vivir en medio de estas gordas montañas y conocer a detalle sus ecosistemas y especies, significa una enorme ventaja para un fotógrafo de naturaleza y vida silvestre. Trabajo con y para mi biodiverso vecindario, tengo viejos conocidos y puedo estar cazando ciclos de floración, nidificación, migraciones o montar bebederos en mi abrupto traspatio y esperar los modelos lleguen con una baja huella de carbono, es decir sin viajar cientos o miles de kilómetros para hacer una foto. O recibir pitazos por parte de mis colegas guarda-parques, que sí están en campo a diario y ello multiplica los ojos buscando modelos. El último de ellos me permitió hacer en 5 minutos una foto que llevaba años buscando; un perico de frente blanca (Pionus senilis) en su hogar. Claro que la noche anterior no pude dormir, pues tuve una fea pesadilla donde el malvado perico en cuanto me sentía cerca del nido volaba de inmediato, se juntaba con otros para volar en círculos encima de mí gritando obscenidades, burlarse y desaparecer. Se me fue el sueño y ya no me pude dormir entre enojado y frustrado con el pajarraco.
Afortunadamente en realidad fue una foto increíblemente fácil, gracias a Abel Reséndiz, estimado colega y excelente rastreador, pues encontró un viejo encino colorado (Quercus crassifolia) que escogió una pareja de esas aves para anidar en una de las reservas naturales que custodiamos gracias al apoyo del World Land Trust, donde las motosierras han sido erradicadas y la presencia humana minimizada. Todo fue llegar, montar tripié, sintiera un poco nuestra presencia y se asomara a la puerta de su hogar, un pequeño agujero en el grueso tronco. Nos observó no más de 3 minutos y voló a reunirse con otros compañeros, mas bastó para fotografiarlo. Fotografiar aves anidando siempre conlleva un riesgo para las mismas, pues pueden abandonar el nido por la presencia humana, los encuentren otras personas o depredadores, por lo que hay que extremar precauciones y no pienso volver al mismo para que guarde su secrecía. Pero al mismo tiempo es una imagen que acerca a una especie amenazada a un amplio público, ilustra el valor de los árboles antiguos con sus cavidades para la vida e ilustra el valor para la biodiversidad de las reservas naturales para especies carismáticas, que siempre venden mejor que la imagen de un tlacuache.
Y obviamente con los destrozos en aras de lo que se empeñan en llamar “saneamiento forestal” los ingenieros forestales (entiendo en el cerebro tienen cc de viruta) están destrozando los bosques templados de la Sierra Gorda, donde sólo ven metros cúbicos de madera y para ellos no hay biodiversidad asociada. El año pasado fui testigo como gracias a sus labores, pollos de la misma especie fueran abandonados por sus padres, gracias a que estaban derribando pinos para “sanear” el bosque, que obviamente sólo quedó destrozado y con la biodiversidad a la fuga. Ello convierte a nuestras reservas en obvios refugios para la Vida, cada vez más cercada y en apuros.
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