De un encuentro inesperado

Pasó la temporada de lluvias y, aunque les busqué en cada ocasión posible, los anfibios básicamente brillaron por su ausencia en la Sierra Gorda. Esto no extraña cuando, a nivel global, el 41% de sus especies se encuentra en riesgo de extinción. Algunas nos han dejado de la noche a la mañana y los factores que les están conduciendo a su desaparición siguen sin mermar ni un ápice.

Recuerdo cómo, cuando era niño, aparecían ranitas en macetas, sapos en el patio de casa de mi madre, los coros de ranas apareándose en el río Jalpan arrullaban por la noche y las coloridas salamandras de Bell de repente adornaban las veredas en el bosque. Hoy, de eso poco queda.

Como grupo de vertebrados, los anfibios han resistido bastante bien los demás eventos de extinción masiva por los que ha pasado la vida en nuestra querida Tierra. Pero esta, la gran sexta ola de extinción masiva ocasionada por los desvaríos y soberbia de nuestra especie, resulta más rápida, virulenta y mortífera que todas las demás. Pues no se trata sólo de un cambio brusco de temperatura por el choque de un meteorito o las cenizas de una erupción volcánica.

Ahora, aparte de aumentar la temperatura, hemos conseguido envenenar las aguas dulces de ríos, lagos y mantos, acidificar los océanos, poner precio por impotentes e ignorantes a los cuernos de rinocerontes y cazarlos hasta el último ejemplar, transformar las corrientes oceánicas, desmontar millones de hectáreas de las vitales selvas y bosques y, peor aún, dejar sin suelos a las tierras que debiéramos mantener fecundas y, con ello, comprometer nuestra seguridad alimentaria.

Pero, por el momento, seguimos medrando sin freno, ensuciando, rompiendo más ranitay monopolizando y desperdiciando los recursos de nuestro planeta.

Por eso, cuando hace unos días encontramos una pequeña ranita arborícola en el fregadero de la cocina, para mí fue motivo de fiesta. Pues quiere decir que estos pequeños hijos del bosque siguen adelante en espacios protegidos donde los liquidámbares no sienten las cadenas de las motosierras y, en vez de drenaje, se usa un baño seco.

Seguir con ellos y ecosistemas funcionales está en nuestras manos en el corto y mediano plazo. No es algo que esté lejos.

Espero llegar al final del 2016 con otro encuentro inesperado con una rana arborícola.

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